Sus happenings y obras de arte efímero, en general, apuntan a la respuesta del espectador, y generalmente producen controversia. Una de sus obras más festejadas fue el pago de la deuda externa argentina, el que se realizó mediante choclos ("el oro de Latinoamérica") entregados al famoso artista pop Andy Warhol. Quiso repetir la obra con la Reina de España pero no pudo ser por razones de protocolo. Dice Marta Minujín acerca del motor de la creación artística: "Es la angustia existencial, de la que no te salva nadie. Siento una angustia brutal de crear, de sacarlo afuera". Homenajeada por numerosos países y en algunos casos por los artistas de sus bienales, es reconocida como una de las más importantes figuras del arte pop. Arranca esta entrevista con una definición propia.
Minujín: - El pop art es arte popular, y no estoy haciendo traducción literal. Es arte que todo el mundo puede sentir, arte feliz, arte divertido, arte cómico. No un arte al que es necesario profundizar y que después va a ser analizado por los entendidos con palabras difíciles y explicaciones todavía más difíciles. Es un arte alegre. Te lo digo en pocas palabras: el arte pop es la alegría de vivir. (Ella y su mundo con el arte como figura excluyente). Todo comenzó cuando tenía 16 años. Fue una muestra individual en el teatro Agon, que ya no existe. Tiempo después, el Fondo Nacional de las Artes de la Argentina me dio una beca que me permitió instalarme en París. Allí conocí gente genial y realmente querible. Uno de ellos fue Robert Rauschenberg 1. Fue la época de los colchones. Estructuras habitables y los colchones dividían ambientes.
- ¿Eran usados?
- Los conseguíamos de entre los que desechaban los hospitales. Cuando ya no servían, por las noches los dejaban para que se los llevara el camión de la basura. Estuve desarrollando ese tipo de arte durante todo el tiempo que estuve en París. Hasta que un día sentí que debía hacer con ellos un happening. Quemar todo lo que había producido hasta ese momento. De ahí el nombre: La Destrucción. Transportamos a un baldío los colchones y varias hachas. Destrucción total.
- Percibo como si hubiera un odio solapado hacia esas obras.
- Para nada: las amaba. Pero sentí que debían ser parte de una obra nueva. Era como un sacrificio que mis obras anteriores aceptaban.
- ¿Dudaba? ¿Se sentía homenajeando al dios-arte?
- Algo por el estilo. Lo que sí puedo decir es que estaba completamente decidida y tranquila. Ni se me ocurría dudar. Invité a varios artistas a que me acompañaran. Entre ellos estaba Christo, que después se hizo famoso envolviendo con telas gigantescas lugares a los que la gente considera insólitos. En realidad, si lo pensamos bien, nada tiene por qué ser insólito si está en la mente de un artista.
Te aclaro que yo llamo artista al que tiene genio. Existen miles de cosas para compartir y llevar alegría artística. Fíjese que mientras destruíamos las obras liberábamos 500 pájaros y 100 conejos entre los participantes. (Como si recitara) Las grandes obras las crean los genios locos, las ejecutan los luchadores natos, las disfrutan los felices cuerdos y las critican los inútiles crónicos. Estas palabras las tengo grabadas en mi contestador telefónico. Así recibo a los que me llaman. Usted lo oyó. (Las palabras se agolpan en la boca, emergen a una velocidad notable, pugnan por salir y por momentos se produce un amontonamiento en el que algunas quedan sin sonido, no se sabe si la artista actúa o responde a un mandato en el que evidentemente cree con fanatismo). Arte, arte, arte. Aquella noche estaban varios artistas a los que yo quería y quiero mucho, franceses y latinoamericanos: Uno de ellos era Jean-Jacques Lebel, con quien luego, organizamos un happening, El Gallo, en la Galería Raymond Cordier. Fue muy divertido y al mismo tiempo muy serio. Todos sabíamos que algo importante estaba ocurriendo. Y a la gente le gustó mucho, comenzó a aprender. Empezó a acostumbrarse a los happenings, quiero decir al concepto de happening. Lo extraño, lo que se calificaba como locura, de golpe dejaba de serlo. Los temas siempre sorprendían aunque no se prepararan en secreto. ¿Para qué? No se puede hacer un Partenón de Libros y que la gente no se entere con anticipación. (Salta de un tema al otro, se detiene, retoma un argumento antes olvidado. Hay muchos que quedarán sin reproducir por cuestión de espacio). Luego de hacer La destrucción volví a la Argentina y me invitaron al Premio Nacional Di Tella. Expuse y gané con Revuélquese y viva, una obra que invitaba a la libertad, cosa que para algunos era algo subversivo. Tiempo después, en el viejo Canal 7, en Ayacucho y Posadas, hice algunas cosas que llamaron la atención. Algunos no estaban para nada de acuerdo. No olvido a uno de los directores: "Sáquenme a esta loca de aquí"... No sé si dijo loca o demente, para el caso es lo mismo. En el estudio yo había puesto unos colchones y caballos que tenían atados a sus colas recipientes con pintura. Los hacíamos trotar y, claro, manchaban los colchones. Justamente lo que nosotros queríamos. Las manchas eran obras artísticas, arte repentino, casual, pero arte al fin. Había también unos atletas que reventaban globos. Me quedó por presentar una enorme cantidad de pollos, eran como 500, había mujeres gordísimas, bailarinas, motociclistas con sus máquinas y muchas otras cosas más. Tiempo después los mostré en el Estadio del Cerro, en Montevideo. (Minujín es como cualquiera de sus obras, un producto propio, ella, en esa época, se inventó el pelo platinado hasta parecer el de un albino, adoptó los anteojos, que fueron cambiado de forma aunque no de tamaño, machacaba respuestas que mezclaban espontaneidad y soltura y llegaban a los límites del descaro). Hace dos años más o menos, se volvió a exponer Revuélquese y viva. Eso era lo que el público debía hacer cuando se expuso. Y lo hacían. Y vivían. Cuando la vi me puse furiosa. Era algo estático, no estaba la esencia, el revolcarse, el sentir la vida. Habían quitado el alma de la obra. Todo se había convertido en una escenografía, algo para ser mirado, no había participación, nadie respondía a la incitación, a la orden que yo daba en el título. Por eso no me gusta mucho vender las obras: el que las compra parece que tiene el derecho de modificarla, de desnaturalizarla. Tendría que encontrar a alguien que pusiera mucha plata y fundar Minujilandia, todo con mis obras, y las obras tal cual fueron hechas. (No le falta razón a su queja, pero es difícil decírselo, pasa de un tema al otro sin esperar la respuesta ni la pregunta posterior. No podía faltar La Menesunda). Sí, sí, sí, La Menesunda la hice con Rubén Santantonín. Hubo varios artistas jóvenes que colaboraron, Pablo Suárez, David Lamelas, Rodolfo Prayon, Floreal Amor, Leopoldo Maler. Se trataba de una ambientación que el espectador debía recorrer a través de 16 zonas y situaciones diferentes, sin aviso previo de lo que en su interior ocurriría. Ingresaban en grupos de ocho personas por vez, a través de una silueta de un hombre recortada en una cortina de plástico transparente. Se transitaba por un túnel de luces de neón que llevaba a un espacio con varios televisores encendidos y con su volumen alto. Luego, se ingresaba en un dormitorio con una pareja en la cama. Otro túnel, con luces de neón y sonidos de la calle, conducía a una escalera con pasamanos de esponja y un fuerte aroma de perfume, que finalizaba en una gigantesca cabeza de mujer. Su interior estaba cubierto de cosméticos y una maquilladora atendía al público, aplicándole sus productos. Un canasto giratorio conducía al espectador maquillado a un túnel de paredes blandas y suelo gomoso. El recorrido seguía, pero sería muy largo seguir contando, son cosas para ver y sentir. Los que están leyendo esta entrevista seguramente tienen una idea de lo que yo había creado.
- ¿Qué otra cosa podría mencionar?
- Muchas cosas. ¿El Partenón de libros? La gente lo ha visto tanto? En fotos, en filmaciones. Fue en 1983, en la Avenida 9 de Julio. Lo hice para festejar la democracia. En realidad, fue el Partenón de Libros Prohibidos por la Dictadura. Entre los libros figuraban textos escolares y hasta El Principito. Cuando terminó la muestra, regalamos los libros, eran unos 20.000.
- ¿Cómo respondía la gente?
- Fantástico. Lo recibía muy bien, había un clima festivo, ése que a mí tanto me gusta que se produzca cuando exhibo mis obras. Además, se percibía un aire de camaradería asombroso. Esa visión llevaba a la gente a Grecia, a las artes que florecieron tantas veces en esa civilización. Por eso, aunque sea reiterativo, lo repito: las obras de arte las realizan los genios locos. (Se advierte su sinceridad y su pasión. Uno se pregunta cómo se considerará en su calidad de artista). Creo que soy genia, genia, genia de verdad. Una artista total como Leonardo Da Vinci o Picasso.
- Esto que dice, ¿es para ayudar al personaje que está creando o realmente lo piensa?
- No creo estar creando ningún personaje. Soy así, sin proponérmelo. Desde los 14 años, desde los 10, qué sé yo. Me considero una revolucionaria del arte, estoy convencida de que voy a figurar en la Enciclopedia Espasa, esa de ciento y pico de tomos y que ahora seguro que puede caber en un DVD. Pero eso es figuración y no es lo que me interesa. Sí, sí, no sonría, me importa llegar a la gente, instarla a atreverse, mostrarle el camino, enseñarle que las artes no son algo misterioso e incomprensible o aburrido. Quiero que se convenza de que cualquiera puede hacer arte, que sólo se requiere quitarse esa venda que le han puesto delante de los ojos los que son mediocres y quieren que sean mediocres todos los que están a su alrededor. ¿Por qué yo puedo imaginar una Venus de queso y otros no pueden inventar otras cosas de semejante valor? Me muero por que ocurra eso, quiero tener muchos pares como Andy Warhol, muchos colegas, mucha gente genial a la que no le exigiría nada porque ellos, con su actitud creadora, estarían alimentando al genio que tienen adentro. (La Venus de queso. Cientos de personas degustando el cuerpo de la Diosa). Vomitar, vomitar arte. Eso es lo que hay que hacer. (¿El arte debe ser vomitado o admite una génesis más apacible?) Cuando te creés genio tenés la obligación de vomitar todo lo que tenés adentro, compulsivamente. Pero hay que creerse genio. (Pienso en el encuentro Dalí-Minujín. ¿Cómo habrá sido? Una dosis de ego está bien, es casi necesaria en un artista, pero, ¿tanto, y multiplicado por dos?). Mi relación con Dalí fue muy intensa, yo siempre me consideré la "Dalí sudamericana", pero eso no me basta, siempre me persigue el hecho frustrante de no haber conocido a otros creadores locos: Pollock, Van Gogh, Modigliani, Leonardo y Miguel Ángel. (¿Una vuelta a la pintura?) Lo mío es admiración, deseo de diálogo, no vaya a creer que echo de menos la pintura de caballete, no. Conservo unas cuantas de mis telas informalistas de las primeras épocas. Algunas fueron mostradas en el Malba. No podría repetir. Estoy convencida de que siempre hay que buscar caminos nuevos, que nunca hay que volver. © LA GACETA